Lanzarote
Atraidos por el hecho de pasar el final de año en un lugar con sol y calor, decidimos poner rumbo a Lanzarote, guiados por las recomendaciones de amigos. Buscamos vuelo y apartamento y alquilamos un coche para movernos por allí durante seis días.
El tiempo nos ha acompañado, lo que nos ha permitido descubrir un lugar con mucho encanto y mucho que ver, un rinconcito que merece la pena conocer.
Partiendo de Playa Blanca, donde teníamos el apartamento, empezamos nuestro recorrido por las salinas del Janubio, los hervideros y la zona del Golfo. Los acantilados rocosos son dignos de ver, como el agua profundamente azul y la espuma blanca se funde con la roca negra, provocando un juego de colores y luces de lo más llamativo.
Desde allí, imprescindible la laguna de los Ciclos, con su color verde esmeralda, rodeada por negros, ocres y amarillos, un rincón muy llamativo.
Para reponer fuerzas, nada mejor que recorrer la Gería (a la que volvimos en múltiples ocasiones), zona de viñedos muy peculiares donde degustar los caldos de la tierra y conocer algunas de sus bodegas (Stratus y Rubicón, por ejemplo).
Nuestros pasos nos condujeron a la cala de Famara, famosa en el mundillo del surf, con unos bonitos acantilados y una playa ventosa y espectacular, que combinamos con la visita al pueblo de Haría, con un gran palmeral, algo insólito dado lo yerma que es la isla.
Otro par de días los dedicamos a visitar la obra de César Manrique, gran responsable del turismo en Lanzarote. A destacar el Jardín del Cactus y el Mirador del Río. También nos acercamos a su casa museo y a los Jameos del Agua, si bien he de decir que el precio, sobre todo en este último, no es proporcional a la visita.
Recorrer pueblos, de paredes encaladas frente a un pasaje volcánico y desolado, es uno de los grandes atractivos de la isla, detenerse en calas y playas o en cualquier cuneta a admirar el paisaje lunar. Así, pueblos como Yaiza, Uga o el mencionado Haría, merecen un tranquilo paseo por sus calles.
La cueva de Los Verdes es uno de los rincones más bellos de Lanzarote. El recorrido por su interior, de casi una hora, el juego de luces de colores interiores y el secreto que esconde, la convierten en visita imprescindible.
Pero sin duda, lo mejor de la isla lo forma el Parque Nacional de Timanfaya, región poblada de cráteres volcánicos de extraterrestre belleza. La ruta en "guagua" es interesante y aunque no es posible apearse para tomar mejores fotos o deleitarse con el paisaje, la ruta permite captar lo inhóspito e indómito de la naturaleza. Verdaderamente sorprendente. Conviene madrugar para evitar las hordas de turistas que acuden al parque. El centro de visitantes también es un lugar al que hay que acercarse, tiene algunas cosas interesantes.
Si a pesar de todo esto y de los más que recomendables baños de sol, aún hay ganas de más, pueden realizarse excursiones a Fuerteventura o a la isla La Graciosa. En nuestro caso, optamos por dejarlo para otra ocasión y elegimos descansar en playitas de arena negra, comer "papas arrugás" con mojo picón y mojo rojo o beber un moscatel admirando los viñedos.
En resumen, un viaje más que recomendable tanto para descansar como para deleitarse con un paisaje radicalmente distinto y muy interesante.

























































